Extra

La locura de saltar contigo ha sido la decisión más sensata que he tomado nunca. Hoy, dos años después de conocerte, tengo argumentos de sobra para asegurarlo.

He pensado mucho en este tiempo. Mucho. Demasiado para ser yo. He pensado que, si volviera atrás, haría las cosas de otra manera. Por ejemplo, regresaría al camping de la sierra para decirte que te equivocas al apartarme de tu lado, que la primera noche que hemos pasado juntos ha sido demasiado especial para convertirla en la última, que voy a demostrarte que merece la pena darme una oportunidad.

Pero, claro, ahora todo es muy fácil. Ahora, que tú me has enseñado que ceder al orgullo es perder y que yo nunca he perdido tanto como el tiempo que no he pasado contigo, es muy sencillo pensar que elegí un camino demasiado largo para llegar a un destino que alguien ya había escrito para nosotros. Entonces, solo pensé que te olvidaría pronto. Hoy sé que no se puede olvidar al amor de tu vida. También me lo has enseñado.

Mi suerte fue volver a encontrarte cuando acaba de comprobar que lo especial no abunda. Nuestra conexión es irrepetible. Los dos nos dimos cuenta en mi coche, junto a la tapia de aquel cementerio, bajo la noche cerrada, como tu corazón herido.

Desde ahí, no me arrepiento de nada. No cambiaría ni una coma de nuestra historia. Bueno, tal vez… cambiaria la puntuación de aquella primera carta que te escribí y que me consta que todavía conservas. En ella te confesaba que nunca había redactado una de amor. Como ves, sigo sin dominar el género, pero, por ti, estoy dispuesto a seguir intentándolo.

Te mereces una carta de amor por cada una de las carcajadas que me arrancas a diario, por llenar mi vida de improvisación y locura, por hacerme tan feliz, tan feliz, que sonrío mientras duermo. Bien lo sabes tú, que te niegas a borrar la infinidad de fotos que me has robado. Pero, ¿sabes qué te digo? Que son tuyas, tú eres la causante de esas sonrisas, puedes hacer con ellas lo que te apetezca… menos subirlas a redes sociales. Recuerda que soy socio de un despacho de abogados.

Dicho esto, y antes de que sueltes la carta para coger el móvil e ignorar mi recordatorio y yo deba detenerte con mis artes amatorias exquisitas (Natalie dixit) en medio del tren en el que vamos montados, me gustaría que atendieras a la siguiente petición: te ruego que no guardes esta carta en la copa izquierda de tu sujetador. Si duele, no es amor. Me enorgullece habértelo enseñado, hace que me sienta en equilibrio por haber aprendido tanto de ti. Mi reina.

Gracias por cada una de las lecciones, por llenar mi vida de amor (del bueno) y por confirmarme a cada momento una de las verdades más grandes que conozco: nunca mejor que contigo.

—Joder, Dani —susurró Natalie, emocionada.

Se mordió el labio inferior antes de doblar el folio que acababa de encontrar dentro de su libro a modo de marcapáginas y me miró de una forma que todavía me resultaba incompresible: no supe si iba a besarme o a intentar que me comiera la carta. Eso me sigue encantando de ella. Sé que no viviré lo suficiente para lograr descifrarla del todo; tampoco, para darle todo el amor que siento por ella.

Impaciente, me revolví en el asiento de pasillo que ocupaba; mis rodillas rozaron el respaldo del que tenía delante. El campo aragonés corría fugaz detrás de la ventanilla que había a la izquierda de Nat. Íbamos a Barcelona a visitar a su amiga, Greta. Era la primera vez que hacíamos un viaje en tren juntos, pero ya le había prometido que no sería la última. Y tenía la intención (y la tengo) de seguir cumpliendo con mis promesas. Con todas ellas.

—No voy a subir a redes sociales tus fotos durmiendo —me dijo.

¿Veis? Eso no me lo esperaba. Normalmente, Natalie tiende a hacer justo lo contrario que le recomiendan. También me encanta eso de ella: que sea una rebelde. Y que yo sea su causa. Ganada.

—No las vas a subir… ¿Porque ya lo has hecho?

Sonrió antes de negar con la cabeza.

—Esas fotos son mi tesoro. —Acarició la carta con los pulgares—. Son parte de nuestra intimidad. No estoy dispuesta a compartirlas con nadie. Si alguien quiere material masturbatorio, que se meta en YouPorn.

Esa salida de tono ya me resultó más normal. Mi damita… Torcí la sonrisa y me giré hacia ella.

—¿Te masturbas con mis fotos?

—Solo cuando estoy en plan vago. —Se encogió de hombros—. ¿Te importaría que algún día te grabe un vídeo?

Me reí.

—Si sales tú en él, y me lo envías, no tengo inconveniente.

Alzó las cejas. En sus ojos había un brillo que sí conocía. Lo conocía a la perfección. Y mi miembro, el que empezó a despertar, también.

—¿Hablas en serio? —me preguntó.

La miré con reproche. ¿A esas alturas le quedaban dudas de que los límites entre nosotros no existían?

—Vamos al baño.

Sus mejillas morenas adquirieron un tono rojizo. Y supe que no era por vergüenza. Agarré su mano derecha. Ella tiró hacia sí.

—Que sea yo la que tenga que poner sensatez… —protestó—. Pero no, Dani. Vamos a cortarnos un poco. El tren está hasta arriba de pasajeros.

—Bueno, piénsatelo, todavía nos queda una hora de viaje.

—Así que, hoy hace dos años que nos conocimos, ¿eh? —cambió de tema.

La observé mientras cruzaba las piernas y apretaba con fuerza los muslos. Las ganas de deslizar la mano entre ellos se volvieron casi incontenibles. Casi… Concentré mi atención en entrelazar nuestros dedos y recuperar la calma.

—Sabes de sobra que hoy es 24 de julio —le dije.

—Pero he podido olvidar que viniste al camping justo ese día…

—No te lo crees ni tú.

Natalie se rio.

—¿Alguna vez dejarás de confiar tanto en ti mismo?

—¿Después de haberte conquistado? Lo veo imposible.

Y no mentí: ganarme su confianza, y su corazón, ha sido la hazaña más grande que he logrado; solo comparable con aquella tarde que conseguí más puntuación que ella en el Assetto Corsa. Fue apenas dos meses antes del viaje en tren, en el mes de mayo, el mismo día que le pedí que se mudara a mi piso. Lo que me contestó corrobora mi teoría de que nunca voy a conseguir descifrarla totalmente. Esperaba que se negase a trasladarse al primer intento, pero su motivación me dejó fuera de juego. ¡Insinuó que necesitaba más espacio para formar una FAMILIA!

Recuerdo que la alcé, di vueltas con ella en medio de mi salón y, antes de bajarla, le dejé un beso en el vientre. De pronto, me vi ganador del premio más grande: Nat quería ser la madre de mis hijos. Les envidié, aún sin haber nacido. Y, entendedme, no es que tenga complejo de Edipo, es que, si me hubiera propuesto encontrar la mujer perfecta para gestar, criar, educar y dar amor a una personita que llevara mi apellido, no se habría acercado ni de lejos a Natalie. Para mí no hay nadie mejor que ella. Para nada. En ningún lugar. Ni en su planeta de origen siquiera.

Me las prometí muy felices (e insisto: yo cumplo lo que prometo) cuando me imaginé formando un hogar y una familia con ella, pero… digamos que Natalie es una mujer celosa de su tempo. No es de las que se adaptan pronto a los cambios. Y le gusta mandar. Mucho. Muchísimo. Así que, me tuvo esperando a que se decidiera a darme el “sí, quiero mudarme contigo” hasta otoño, el momento en el que mi infinita paciencia se agotó.

Aunque ella suele gritarme a menudo que soy divino cuando estamos en la cama, tengo muy claro que no soy un dios. Ni el Santo Job tampoco. Soy humano. Uno perdidamente enamorado de la mujer que consiguió que se me hiciera imposible seguir esperando el momento económico adecuado para dormir cada noche a su lado. Yo tenía dinero de sobra. Todo lo mío ya era suyo. TODO. No había motivo para continuar retrasándolo. Logré que entrara en razón. Más o menos… Debo de reconoceros que me sacó bastante de quicio, poniendo pegas a cada vivienda que visitamos. Cuando encontramos la NUESTRA, solo tuve que mirarle a los ojos y retarla para que le sacara algún defecto. Por suerte Nat es tozuda, pero no tonta. Aceptó. Pero no se privó de seguir poniendo a prueba mis nervios durante la reforma.

De primeras, se negó a contratar a Pepe, el padre de uno de mis mejores amigos, porque nos cobraba mil euros más que unos muchachos que conoció en el metro. Transigí con su locura porque estaba convencido de que en dos días me pediría que llamara a Pepe, pero no ocurrió. Sorprendentemente, aquellos chavales sabían lo que hacían. Eso sí, tardaron mucho más de lo estipulado en hacerlo. A los dos nos pareció eterno el proceso. Recuerdo como si fuera ayer el momento en que nos dieron las llaves del piso.

—¡Aaaaleluya ¡Aaaaleluya! ¡Aleluya, aleluya! ¡Aleeeeluuuya!

Haendel debía de estar revolviéndose en su tumba mientras Natalie graznaba su pieza a voz en grito, arrodillada sobre el felpudo.

Tiré de su mano, despedí a los obreros y cerré la puerta. En el mismo recibidor, aún vacío, nos desnudé, me la subí a cuestas y reestrenamos nuestra casa como cuando la compramos: con una colección de orgasmos que todavía coletea en mi cuerpo cuando la rememoro. Entre Natalie y yo el sexo nunca ha sido solo sexo: es nuestra manera de materializar la conexión que compartimos. Por eso, después de traer los muebles de mi antiguo piso y las cosas de ella, propuse inaugurar oficialmente nuestro hogar con otro maratón sexual, pero Nat volvió a sorprenderme: prefería hacer una fiesta para nuestras familias y amigos. Gracias a eso, aprendí otra nueva lección.

Yo soy hijo único, había perdido a mi padre, siendo un adolescente, la relación con el resto de mi familia era más bien ocasional, excepto con mi madre, que era todo lo contrario; la quería muchísimo (y la quiero), pero su carácter dependiente me había obligado durante demasiados años a luchar contra ella para reivindicar mi autonomía. Natalie me enseñó que la familia (de sangre o por elección) es una bendición no una carga, que compartir vida con ellos alivia lo malo y engrandece lo bueno. No me costó acostumbrarme a que nuestra casa estuviera siempre llena de gente. Hasta empecé a hacer mis pinitos en la cocina para agasajarlos. Gracias a Dios, Natalie sí sabe cocinar y existe la comida a domicilio.

Al poco, nos dimos cuenta de que necesitábamos más camas en casa. Fue cuando llegó el momento Ikea, uno de los más temidos en cualquier relación, pero que Natalie, y su locura, convirtió en una de mis actividades favoritas. Me lo sigo pasando pipa con las carreras de carros por los pasillos, los atracones de tortitas baratas y las performances en la sección infantil. Siempre que recuerdo el día de los peluches, me rio.

Natalie revolvía un cajón de muñecos mientras yo curioseaba los coches de madera. Era un sábado por la tarde. Había muchísima gente por todas partes. Y, de pronto, Nat rescató del cajón un peluche de mapache, me pegó una voz y se lo colocó en trasero.

—¡Mira, como Maiko!

Estallé en carcajadas. Y, ella, animada por mis risas, se puso a hacer el payaso. Recibió varias miradas reprobatorias de los adultos (gente amargada hay en todas partes), pero a los niños que tenía alrededor les pareció la bomba.

En cuestión de segundos, media docena de críos tenían adosados a sus pequeños culetes elefantes, alcachofas, cacerolas… Cuando escuché a una madre gritar: «Luisito, suelta ese tren ahora mismo. Tu culo no es una estación», creí que moriría de risa; también, que no podríamos volver a aquel Ikea y que, seguramente, alguien tuitearía la escena, pero ninguna de las dos cosas sucedió.

Lo único negativo que llegó en aquel tiempo fueron las agujetas provocadas por montar los muebles que compramos y que a Nat le rescindieron el contrato en el aeropuerto. Aunque se lo iban a renovar unos días después, se lo tomó fatal. Y yo quise aprovechar lo que ella me había enseñado sobre resiliencia para convertir ese bache en una oportunidad: irme con ella de luna de miel.

No hemos firmado ningún documento que corrobore que somos pareja, matrimonio o como queráis llamarlo, pero la luna de miel nos la merecíamos igualmente. Mientras ella porfiaba acerca de la reforma laboral, el ayuntamiento de Madrid, Manuela Carmena y no sé cuantas cosas más, yo reservé los billetes de avión con destino a Hawái. Le encantó mi iniciativa. Se puso a elegir hotel de inmediato, soltándome miraditas que indicaban que iba a comerme en cualquier momento, y yo tramité los ESTA e informé a mis socios de que me cogía unos días. Solo pudieron ser cinco, pero muy bien aprovechados. Y no me refiero a las actividades relacionadas con el turismo que hicimos, me refiero al bendito momento de lucidez que tuve en medio de un cunnilingus; uno épico según palabras de Natalie. Y debió de serlo, porque, desde entonces, me pide “hazme un Oahu” cuando le beso el interior de los muslos.

Recuerdo que ella estaba sentada en el borde de la piscina privada de nuestra villa. Recuerdo cómo brillaba por el deseo, por el agua, por el sudor, porque el sol sobre su piel era una puta locura. Recuerdo su cara de placer, el calor de su sexo, la tibieza del agua que me rodeaba, su mirada, adorándome. Recuerdo sentirme un héroe, porque todos podemos serlo, aunque sea por un día. Recuerdo darme cuenta de que, pasara lo que pasase, nunca dejaría de quererla; que lo quería todo con ella.

—Quiero que te quites el aro —dije refiriéndome a su método anticonceptivo.

Y dije «quiero» y no «quítatelo», porque el deseo era mío, pero la decisión era suya. Y ella dijo «sí».

—¡Sí! ¡Sí! ¡SÍ!

Se corrió mientras aceptaba. Yo sonreí sobre su sexo, pero, cuando recuperó el resuello, volví a preguntárselo. También, a la mañana siguiente, por si acaso… Y en todas las ocasiones me contestó lo mismo.

En cuanto volvimos a Madrid, visitamos a su ginecólogo para que le retiraran el aro anticonceptivo. Empezamos a ilusionarnos a lo grande, a creernos de verdad que, entre nosotros, TODO es lo mínimo.

Un día fuimos a comer. Ella llegó tarde, nos encontramos con cierto impresentable, al que no merece la pena nombrar, y estuvieron a punto de multarme, pero fue un día inolvidablemente perfecto: esa misma tarde, nos llamaron para darnos una sorpresa; lo mejor que me ha pasado en la vida después de ella.

Desde entonces, ha llovido bastante. A veces, hasta sin ser de nuestro gusto, pero nunca, nunca, he dejado de dudar que la mejor decisión que he tomado ha sido saltar con ella. Mi reina.

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