Extra

El verano que aprendimos a volar llegué al camping de la sierra buscando solo escapar de mis problemas y encontré el amor de mi vida. Serendipia. O una putada como un piano, según como se mire. Porque sí, enamorarse a lo grande es maravilloso, un regalo, una bendición del cielo…, pero, si tienes la vida tan patas arriba que no puedes ofrecerle el compromiso necesario, es una faena. De las gordas.

Procuré que este robusto detalle no empañara los tres meses que compartí con Lara. Me dediqué a disfrutarlos con ella como si la realidad fuera de aquellas montañas no existiera. Me convertí en su maestro de vuelo y, a cambio, ella me enseñó que amar y empeñarse en hacerlo son dos cosas muy distintas, que «sin medida» puede ser la unidad de cálculo exacta de un sentimiento, que el verano es un estado de ánimo, no una estación del año. A nosotros se nos acabó el 15 de septiembre, no el 23. Las hojas cayeron cuando me alejé. Nuestra historia había terminado.

El trayecto de vuelta a Madrid centro en la furgoneta de mi amigo fue tan silencioso como el vacío que sentía por dentro. Solo se escucharon gemidos rabiosos, rebufos y las palmadas de Sergio en mi espalda. No era capaz de dominar las lágrimas. Empezaron a correr cuando dejé de ver el camping en el retrovisor y no se detuvieron hasta que abrí la puerta de mi piso y me recibió el fantasma de Lara.

Ella estaba allí, observando la foto del Golden Gate que colgaba de la pared del recibidor, subida en la encimera mientras yo cocinaba, dormida en el sofá a media tarde, sonriendo en la cama de madrugada… Ella estaba en mí. Nunca se iría. Lo supe. Y también, que haría todo lo que estuviera en mi mano para recuperarla.

Me cansé de pedirle que no esperara mi regreso. Le convencí, le di argumentos, hice que me lo prometiera. Y no fueron palabras vacías. Yo no merecía el sacrificio. Todavía no. Aún no tenía a mi alcance la estabilidad que necesitaba para sentirme digno de alguien tan especial como ella. Si no conseguía solucionar mi futuro laboral, jamás volvería a buscarla. Jamás. No consentiría que ella compartiera su vida con un fracasado. Ella no. Y yo lo era. Tenía grabada a fuego la ele mayúscula de loser en mi cara de pringado. Me habían estafado, engañado, burlado y yo… había tirado la toalla. Desconfié de mí mismo, de mis posibilidades, no supe ver más allá de la rabia y la vergüenza…, pero la suerte estuvo de mi lado. Conocí a Lara. Y ella, que era tan de verdad que hacía verdad al resto, me aseguró que algo que brillaba en mí y que era de sobra capaz de volver a mi trabajo con la cabeza bien alta. Ese fue mi punto de referencia. El que no dejé de mirar ni un solo segundo.

El día 16 de septiembre le envié el último mensaje con una canción y pulsé el pause de nuestra relación para dedicar toda mi energía a solucionar mis problemas, en acelerar la llegada del momento más esperado, mi único deseo: ponerme de rodillas frente a ella y ofrecerme como su compañero, entero, para siempre.

El plan tenía sus riesgos; el más grande: que ella me mandara a tomar por culo a mi regreso. Aun así, estaba motivado de sobra, fuerte, centrado… Menos cuando reproducía el tema que le había enviado como despedida. En Be still de los Killers hay una frase que me derrumbaba cada vez que la escuchaba: «Larga vida al reinado de tu inocencia».

Si después de todo Lara no conservaba su aura blanca y angelical, su mirada limpia, su admirable pureza de espíritu…,  no me lo perdonaría nunca. Nunca. Sabía que para ella mi decisión había sido decepcionante, pero confiaba en que descubriría pronto que esas alas que le habían crecido durante el verano eran muy capaces de volar solas. Debían hacerlo… De las muchas dudas que me rondaban entonces, una de las que más me perturbaban era preguntarme qué sería de ella si yo no me marchaba. Ella no tendría la oportunidad de probarse, de caminar sola, de crecer de modo individual y adquirir la experiencia personal suficiente como para no equivocarse al elegir compañero de viaje. Yo no quería que Lara se quedara a mi lado por dependencia o amor ciego. Yo quería merecerla y que ella tuviera la posibilidad de descubrirse a sí misma.

Me puse en marcha el día 17. Cogí todo el dinero que había ahorrado currando como profesor de tenis en el camping, hasta el último céntimo, y compré un anillo de oro que mandé grabar con dos plumas. Cuando me lo entregaron, cambié la caja por una bolsita más manejable, me lo guardé en el bolsillo y me acompañó, como un amuleto, durante todo el proceso. También me siguieron los pasos la nostalgia y el insoportable desamparo de sentirla lejos, pero no me detuve. No podía hacerlo. Tenía que ganarme otra oportunidad, trabajar duro para convertir nuestro punto y final en unos suspensivos. Me lo tatué en la piel, sobre la cadera, junto al «fin» con el que cerré la puta etapa de Osaka. Lo convertí en infinito con un «sin» delante. De nuevo tres letras negras y rotundas que ni me dolieron y eso que cayeron encima del hueso. Estaba soportando algo mucho peor: cada minuto sin ella. Lara. Mi niña. La mujer que había hecho suyo mi corazón. Mi amor eterno. Ya no estaba. Yo la había apartado. Si yo me sentía medio muerto, ¿cómo estaría ella?

Esa pregunta me hizo amigo del insomnio, mermó los dígitos de mi báscula y me convirtió en voyeur profesional en Facebook.

Una madrugada de finales de septiembre, estaba encerrado en la leonera, cotilleando su galería de fotos después de estudiar varias horas las alternativas que tenía para reunificar mis deudas, cuando mi móvil se iluminó sobre el escritorio.

—No, joder. No hagas esto, mi vida. Por favor…

Hablé con la pantalla del teléfono como si la imagen sonriente de Lara fuera a escucharme. Le dije que nada había cambiado, que yo no había despegado y ella no sabía volar sola, que necesitábamos más tiempo… Y quise, más que nada, poder aceptar la llamada y explicárselo de viva voz, pero entre nosotros ya estaba todo dicho y dar vueltas no nos permitiría avanzar. Entraríamos en un bucle que nos conduciría a una relación entorpecida por las carencias; la más grande: la seguridad que a ambos nos faltaba.

Le supliqué que entrara en razón y colgara mientras los tonos seguían sonando. Insistió varias veces. Yo me levanté, caminé por la habitación, me tiré de los pelos, le di un empujón a la tabla de planchar, ahogué un par de gritos en los cojines del sillón y empecé a llorar cuando el móvil dejó de sonar. Iba a odiarme. Iba a perderla para siempre. ¿Qué cojones estaba haciendo?

Ella me dio la respuesta segundos después, en forma de mensaje de texto.

Te estás escondiendo.

Como el jodido cobarde que eres.

Tenía razón, lo era. Y por eso me encontraba, nueve meses después de descubrir la estafa, empezando a resolverlo. Debería haberles plantado cara mucho antes. Debería haberme deshecho de la vergüenza y haber remontado el palo que Rebeca y Alberto me habían dado en vez de hundirme en la autocompasión y el sake. Debería haber regresado de Osaka con la maleta llena de alternativas y no de reproches. Debería haberme dedicado durante el verano a plantear mi defensa legal y mi futuro laboral…, pero entonces no habría conocido a Lara. Así que, sí, había sido un cobarde, pero no me quejaría. De nada. «I won’t complain.»

Bloquear su contacto aquella madrugada fue peor que cualquier tortura. Cuando pulsé sobre la pantalla, creí que el cristal estallaba bajo mis dedos y que las aristas más afiladas se me clavaban entre la carne y las uñas. Sentí un dolor indescriptible. Un dolor físico y real. La pantalla seguía intacta. Y también mis dedos. Pero por dentro… Por dentro estaba destrozado. Aun así, no reculé. Preferí ser el malo antes que darle margen a ella para que recayera en situaciones de las que podía arrepentirse. Lara no debía perder su dignidad. Ni por mí ni por nadie. Yo, que había dejado la mía en Osaka, era un buen ejemplo de las nefastas consecuencias que tiene olvidarse del amor hacia uno mismo.

Por eso, hice lo que hice y, por eso, seguí trabajando como un cabrón. Debía enmendar mis errores. De manera definitiva. Lo antes posible. Llamé a todas las puertas que conocía y a muchas que me eran extrañas. Insistí. Una tras otra. Como un vendedor de enciclopedias con una legión de bocas que alimentar. Y un día, a mediados de noviembre, di con la adecuada. San Francisco. La cuna de Silicon Valley, la meca de la informática y la ciudad soñada de Lara. Cuando acepté participar en el proyecto me prometí que, si todo salía bien, la próxima vez regresaría de su mano y haríamos cada una de sus calles parte de nuestra historia.

Me vine muy arriba con la oferta, pensé que todo se resolvería antes de lo esperado, estuve a punto de buscarla para contárselo… y menos mal que no lo hice. La alegría me duró dos días. Hasta que recibí una carta certificada del juzgado. Rebeca, mi exnovia infiel, y Alberto, mi ex socio desleal, me habían denunciado.

—Tranquilízate —me dijo Dani.

Había venido al piso en cuanto recibió mi mensaje para ofrecerme su apoyo y asesoramiento legal. Es abogado, de los buenos, y mi hermano de otros padres. Es quien consiguió que dejara de pasearme por el salón en círculos, traer luz a mi problema más oscuro y conectar con Natalie en una sola sesión de cama. Un puto héroe. El Superman madrileño.

—Vale, yo me tranquilizo. Sí. —Me senté a su lado en el sofá negro y aflojé la tensión de mis puños, estirando los dedos—. ¿Y luego qué? ¿Contrato a un sicario? Ah no, que no tengo pasta ni para comprarme calzoncillos nuevos…

Dani colocó un brazo sobre mis hombros y me dio un ligero apretón.

—Tu abogado es el mejor, me aseguré de comprobarlo antes de presentártelo. Y la demanda no va a ir a ningún sitio, es solo una artimaña defensiva.

—Que me va a joder el contrato de San Francisco. —Gruñí con la rabia y la impotencia corroyéndome las entrañas—. ¡No puedo trabajar en Estados unidos con una causa pendiente en mi contra! Lo sabes mejor que yo.

Asintió con la cabeza, subió la mano hasta mi cogote y me miró a los ojos. Con esa mirada comprendí lo que iba a decirme. Nos conocíamos desde hacía demasiados años…, y él era así: hablaba sin palabras.

—Tienes que reunirte con ellos.

—No quiero —admití.

Dani me sonrió.

—Pero lo vas a hacer de todas formas.

—Por supuesto.

Haría lo que fuera, cualquier cosa, la más desagradable o imposible con tal recuperar mi vida. La que seguía en pause sin Lara.

Tardaron menos de lo que pensé en aceptar la reunión. Dani maneja la persuasión como si la hubiera inventado y mi abogado era bastante implacable. Supongo que también influyó la posibilidad de que aportáramos como prueba en el juicio su falta de voluntad conciliadora… Fuera como fuese, ellos aparecieron y yo tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no montarles el pollo de su vida.

No se merecían menos. Eran unos sinvergüenzas, en el peor sentido de la palabra. Eran traicioneros, cínicos, mezquinos. Eran unos hijos de la grandísima… Bueno, sus madres no tenían más culpa que haberlos parido. En definitiva: eran puta escoria humana.

Ella, tan fina y estirada. La que se desgañitaba gritando mi nombre bajo mi cuerpo mientras le calentaba la cama a Alberto, la que me miraba a los ojos y me prometía amor mientras planeaba cómo estafarme, la que me hacía sentir feliz y entero mientras me llevaba al matadero.

Y él… Él era un saco de mierda cubierto de pelo.

Me captó después de mi primer proyecto. Él representaba a un grupo inversor bastante potente y, gracias a su mediación, salieron adelante varios trabajos más que trajeron de la mano una burrada de dólares. Quise irme por mi cuenta, desarrollar algo en solitario, despegar…, pero él me ofreció que nos asociáramos. Podía duplicar el capital y hacer algo mucho más grande… Acepté. Puta ambición, qué bien se lleva con la avaricia. Fue fundar la sociedad y cegarme. Me puse unas orejeras que me aislaron de cualquier estímulo exterior y me dediqué a currar, como un burro, en el programa; uno que rondaba mi cabeza desde la universidad y que, por fin, iba a ver la luz. Alberto y yo nos lo jugábamos todo si no funcionaba. Habíamos hipotecado nuestras propiedades e invertido todos nuestros ahorros. Y él era padre de familia… Ese fue el yugo que me obligó a no levantar la cabeza hasta que no acabé el trabajo. Encontramos un cliente. Y nos pillamos un pedo descomunal para celebrarlo. Dani y Sergio se nos unieron. Este último, además, se fue de after con mi socio. Aunque ya había cumplido los 50, Alberto era muy amigo de la fiesta. Y Sergio también. Fue mi colega el que me contó como acabó la celebración.

—Yo pillé un taxi en la plaza de Colón y él se metió en el Hot.

—No me jodas, pero si está casado —dije, sorprendido.

—Como la mayoría de los clientes de las señoritas que frecuentan ese local.

—Ni lo hubiera imaginado, la verdad.

—Ándate con ojo. Tiene mucho vicio y la cartera demasiado floja.

—Ayer era un día especial, hombre. Por eso se habrá desmadrado.

—Bueno… Yo ahí lo dejo.

Efectivamente, ahí se quedó. No le di más vueltas al tema. Volé hasta Japón con Alberto y solo me dediqué a currar para implementar el programa en la empresa del cliente y para ligarme a su publicista, Rebeca. Nada me hizo sospechar que a mis espaldas se empezaba a fraguar su traición. Nada. Y regresé a España, tan contento, a celebrar la Navidad con el proyecto a un clic y un cash de finalizar. Y, cuando volví a Osaka, me encontré los armarios del piso vacío y mi trabajo robado.

El cliente no quiso saber nada del tema, él ya tenía el programa y su factura y el resto era cosa nuestra. Alberto y Rebeca desaparecieron, hasta de las redes sociales. Me vi tan solo…, me sentí tan estúpido…, que no le conté nada a nadie hasta el mes de marzo, cuando me planté en Madrid con las maletas llenas de rencor hacia mí mismo y una tonelada de equipaje extra: las putas deudas.

Mi familia y mis amigos hicieron piña y un buen colchón financiero para sostenerme. Acepté su ayuda porque no tenía más remedio, no por ganas de implicarles. Me tragué el orgullo, la mala conciencia y la etiqueta de perdedor y me puse en manos Esteban, mi abogado. Y, después de todo, solo quedó esperar. Refugiado en el camping. Aprendiendo a volar. Tener que hacer una escala para reunirme con aquella escoria me resultó cruel en exceso. Quise poder reclamar a alguien que mi viaje fuera interrumpido. Quise que aquel parón acabara cuanto antes. Sin más retrasos. Debía llegar a mi destino, a Lara… Y por eso estuve a punto de retirar mi denuncia. Que se quedaran con todo, me daba igual, yo solo quería seguir volando.

—No puedo dejarte que hagas eso. Lo entiendes, ¿verdad? —me dijo Dani en el pasillo, después de pedir un descanso en la reunión.

—¿Y qué quieres que haga? —Hundí los hombros.

—Olvidarte de esa idea y confiar en mí. Vamos a encontrar la manera de arreglarlo. Te lo prometo.

Lo segundo fue muy sencillo, pocas personas hay mejores que Dani para depositar la confianza sin temor a decepciones, pero olvidarme del tema… fue imposible.

Durante setenta y cinco horas no hice otra cosa que pensar en cómo asumir la totalidad de la deuda. De la manera que fuera. Cualquiera me valdría con tal de desbloquear la oportunidad de San Francisco. En la hora setenta y seis recibí un mensaje de Natalie.

Lara ha encontrado trabajo.

Son solo unas prácticas en un hospital, pero está muy contenta.

Por eso, al menos, sí lo está.

He creído que te gustaría saberlo.

Bruja Lola, cómo te haces querer.

Claro que me gustó saberlo. Me encantó, joder. Me trajo una alegría que no me había visitado desde que me marché del camping. Mi niña lo estaba logrando. Y ahí me di cuenta de que, si reculaba en lo de la estafa, las deudas se comerían nuestro bienestar. Y, con el mío, podían atragantarse si les apetecía, pero con el de Lara no. Por encima de mi puto cadáver.

Le di las gracias a Nat, contacté con los abogados de Rebeca y Alberto y concertamos una reunión para el día siguiente.

Aparecí solo, después de hablarlo con Dani. Él estaba currando en otras vías con Esteban, pero no le pareció mala idea que tratara de resolverlo a mi manera. Me deseó suerte y la tuve. Es lo que suele ocurrir cuando le echas cojones a la vida. Me costó aprenderlo, pero no se me ha olvidado.

Me senté frente a ellos, les miré a los ojos y les expuse la situación:

—Me habéis jodido a lo grande. Tú —le dije a Rebeca— en más de un sentido. Y tú —dirigí la vista hacia Alberto—, de la forma más asquerosa. Me habéis tomado por tonto, porque lo he sido. Pero hasta aquí hemos llegado. Si no me quitáis la denuncia, no va a haber un Dios que no se entere de lo que habéis hecho. Os voy a hundir la reputación tan hondo que no os va a merecer la pena intentar recuperarla. Si yo no vuelvo a currar, vosotros tampoco. Nos iremos todos a la mierda. Uno detrás de otro. Os lo juro.

Ella se levantó, airada, arrastrando la silla de malas maneras. Su disfraz de princesa no pudo ocultar su naturaleza maléfica. Entendí que el colocón de éxito fue lo que me hizo pensar que era amor lo que sentía por ella. Ahora, con la mente limpia del veneno de la codicia, solo me provocaba indiferencia.

—No he venido para recibir amenazas de nadie —dijo sin mirarme, recogió su cartera de mano y la colocó bajo su axila.

—¿Eso es un «no»? —pregunté—. ¿Estás segura, Rebeca? Porque lo primero que puedo hacer es presentarme en barrio de Chamberí e informar a tu familia de cómo te lo montas.

No desvió la vista de la puerta. Pegó los codos a los costados y levantó el mentón. Una sonrisa cínica apareció en su boca.

—Has perdido la cabeza. ¿No te das cuenta de que podíamos estar grabándote? Te estás cavando tu propia tumba.

—Tanta telebasura está limitando tu vocabulario. Yo que tú lo vigilaría. —Descansé la espalda en la silla—. Y acerca de mi cabeza… Pues sí, la habré perdido. O me la habrás robado… Vete tú a saber. La verdad es que me importa una mierda. Todo —vocalicé despacio—. Todo me importa una puta mierda. ¿Que me estáis grabando? Pues mira tú que bien. Saludos para el juez. Va a ser un placer contarle lo bien que se te da falsificar firmas.

—Asier… —dijo él en voz baja—. No lo compliques…

—Alberto… —susurré—. Haré lo que me dé la gana. ¡Lo que me salga de los cojones! No tengo nada que perder. ¡¡Nada!!

—No grites…

—No me des órdenes, no eres mi padre.

Alberto se encogió con esa frase. Durante muchos años él había ejercido de referente sobre mí; su tutela y sus consejos me habían guiado a la madurez laboral.

—Sabes que para mí has sido como un hijo.

—Lo sé —admití—. Lo que no tengo tan claro es si sueles follar con todas las novias de tus hijos o solo con las que puedes dar un buen palo.

—Eso… ocurrió. —Bajó la cabeza—. No planeamos traspasar esa línea. Fue una cosa que surgió en el momento…

—La erótica de la estafa, lo entiendo. —Asentí con la cabeza—. Estás ahí, todo afanado en desplumar a un gilipollas, y se te empina. Es de lo más normal. Te perdono, no te preocupes. ¿Tu mujer también te ha perdonado ya?

—Me he ido de casa —murmuró.

—Ahora vivimos juntos —dijo ella, y me miró por primera vez.

Yo sonreí de oreja a oreja.

—¡Qué bien! Así me ahorro un viaje cada vez que vaya a veros. Vuestros vecinos van a adorarme. Ya tengo el megáfono comprado y estoy componiendo un temazo con nuestra historia. Me falta la última estrofa y el nombre. ¿Alguna sugerencia? —Les miré con las cejas en alto, expectante—. El rock de la cárcel, ya está pillado, ¿vale? Pensad algo con garra, en plan: mi vida es un infierno porque jodí a quien no debía.

—Esto es alucinante —dijo Rebeca.

—Wow, tía, ¿a que sí? —me burlé con un tono cantarín que rozaba el desequilibrio mental.

Quería que pensaran que estaba trastornado, desesperado, que realmente era capaz de hacerles la vida imposible, cuando en realidad no pensaba malgastar ni un segundo de mi tiempo en ellos. Quería asustarles. Y lo logré.

Mi denuncia fue la única que siguió en pie cuando volé a San Francisco. Y si lo hizo, además de por no comerme solo la deuda, fue por joder. La ley del Talión, el ojo por ojo y diente por diente, puede ser una temeridad, pero da mucho gustito. Casi tanto como regresar a mi oficio, con la cabeza bien alta y dispuesto a aprovechar los réditos de la meritocracia imperante en el sector. Ahí, si eres bueno, vales. No hay más vuelta de hoja. Y yo me propuse ser el mejor. Brillar tanto como los ojos de Lara cuando me miraban.

Recibí un mensaje de ella el 1 de enero. Era un texto vacío y generalista. El típico wasap que reenvías a toda tu lista de contactos para felicitarles del año nuevo. Pero era suyo. De mi niña. Fue el mejor regalo que recibí esas Navidades.

Ella no se dio cuenta, pero pude leerlo porque ya había desbloqueado su contacto. Lo hice el mismo día que puse un pie en San Francisco. Estábamos más cerca aunque pareciera físicamente imposible. Estábamos solo a un paso de conseguirlo. Su constancia me supuso un empujón anímico tremendo. Trabajé, trabajé, trabajé… movido por su energía, incansable y, a finales del mes de marzo, recibí mi recompensa. Un contrato en Madrid. Estable. La seguridad en forma de documento. No me avergüenza decir que besé el fajo de papeles y casi a mi nuevo jefe y después, en la intimidad del coche de empresa, lloré como un niño. No me avergüenza una mierda admitirlo.

Cuando regresé al apartamento empecé llamar a todo el mundo: a mis padres, mis hermanas, Dani, Sergio, Natalie… Fue ella, la tía más jefa del puto universo, la única que me preguntó por Lara.

—Voy a hablar con ella ahora —le aseguré—. En cuanto te cuelgue.

—Los regalos de cumpleaños no me gustan, pero a ella le va a encantar.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

—¿Hoy es su cumpleaños?

—No, es a primeros abril. Y tú deberías saberlo, ¿no te parece?

—Lo tengo apuntado —me excusé.

—Que la persona que dice que te ama se olvide de esos detalles es doloroso, amigo. Te lo digo por experiencia. No la cagues más.

—Oído, jefa. Te dejo. Y, oye… —Me aclaré la voz—. Que te quiero un huevo.

—Arg, por Dios, no te pongas moñas conmigo. Guárdalo para Larita. —Por un segundo pensé que había colgado. Separé el móvil de la oreja y, cuando iba a pulsar el círculo rojo, le escuché decir—: Yo también te quiero, tío grande.

Con una sonrisa de tamaño equivalente busqué el contacto de mi niña para comprobar su fecha de nacimiento. El 4 de abril, había apuntado. Y me pareció una idea estupenda retrasar mi llamada hasta ese día. Ya podía asegurarle una fecha exacta de vuelta a Madrid. Y proponerle una cita. En el Matadero sería perfecta… Un plan ideal, si no hubiera sido por un pequeño detalle.

En el teclado del 4 al 1 solo hay unos milímetros. Una insignificancia, ¿verdad? Pues a mí me supuso cometer el error más tonto e imperdonable de mi vida. Todavía hoy me sigo fustigando. ¿Cómo cojones pude equivocarme? ¡¡Su cumpleaños era el día 1, joder!! Así que, el 4 marqué su número y ella no me contestó. Probé suerte con Natalie, por si estaban juntas.

—Mira que te lo dije, ¡te lo dije! ¡A primeros! ¡El día 1, Asier!

—Me cago en mi vida.

Colgué corriendo, volví a llamar a Lara y tampoco me lo cogió. Normal, debería de andar cabreadísima por no haberla felicitado… Y por haber estado ausente tantos meses… Y por haberla dejado…

Se me hundió el cielo encima. Por primera vez, sentí miedo de verdad. Se me agarró a las tripas, me constriñó la garganta y disparó mis glándulas sudoríparas. Me puse a mil. Acaricié su imagen con dedos trémulos. ¿La había perdido?

Quise insistir telefónicamente. Quise coger el primer avión, presentarme en casa de sus padres, hacer guardia en su portal si me rechazaban, buscarla en cada rincón de Madrid… Pero yo no era un acosador y no tenía derecho a obligarla a aceptar una presencia que podía no ser deseada.

Esperé. Hasta el día siguiente solo. Y volví a llamar. Sin respuesta otra vez. Dejé pasar un día. Y marqué de nuevo. Y dos días después, también. El 10 estaba rozando el pánico. Le escribí: «No me odies, por favor. Habla conmigo. Deja que te hable, mi niña».

Estoy seguro de que no di con el tono suplicante que necesitaba transmitir. Yo le rogué con esas frases que me diera la oportunidad de explicarme. Y tampoco obtuve respuesta. Pero como rendirse no era una opción, nunca debería serla, empecé a maquinar la manera de que recibiera mi mensaje y hacerle un regalo de cumpleaños, sin que tuviera que verme la cara siquiera.

Llegué a España con esa única idea en mi cabeza. Podía enviarle algo con una nota, podía grabar un audio y que alguien se lo reprodujera, podía… Me senté en la cama de mi piso junto al fantasma de Lara y pensé y pensé, y nada me pareció digno de ella. Cogí el móvil y entré en la aplicación de Spotify. La música desbloquea las ideas. Busqué la lista de reproducción de nuestro verano. Veinticuatro canciones que habían servido como banda sonora de nuestra historia.

I’m an Albatraoz encabezaba la lista. Sonreí al recodar a Lara apretando el paso en el camino principal del camping, mirando con temor a las legiones de veraneantes que acababan de inundarlo todo. Love me like you do me hizo sonreír todavía más; es la canción que me dio pie para hablar con ella de pornografía y a susurrarle al oído una escena que todavía consigue excitarme cuando la recuerdo. La mordidita también me excita, y esto si me da vergüenza admitirlo. Lean on me pareció una buena lección, todo el mundo necesita alguien en quien apoyarse. I won’t complain me obligó a reproducirla por enésima vez. Y fue él, el puto Mr. Clementine, con perdón de los putos (esto es una broma entre Benjamin y yo, que no se mal interprete) el que me iluminó. Tiene una botella pagada en la vinoteca de mi calle desde entonces.

Salí de la aplicación y entré en WhatsApp. Escribí dos mensajes:

Bruja Lola, necesito tu ayuda.

            Sergio, tío, dime que sigues en contacto con el de la sala El sol.

Esperaba que Natalie me ayudara a descubrir si Lara conservaba las entradas, que me regaló para el concierto del citado artista y que yo le devolví porque aprovechó para darme la patada con ellas sin más explicación, y que mi otro hermano de padres diferentes utilizara los contactos que había entablado en la noche madrileña gracias a su grupo de música y su amor a la fiesta para organizar un regalo digno de Lara. A los dos le debo la vida. La que me ayudaron a recuperar.

El último viernes de abril me temblaban tanto las manos que no era capaz ni de subirme la bragueta. Llegué a la sala mucho antes de que abrieran, di vueltas a la manzana pese a que estaba diluviando y, después, le di la tabarra al técnico de luces, colega de Sergio, hasta que me amenazó con hacerme tragar el pendrive de las fotos. Encima Natalie llegaba tarde. Lara se cansaría de esperar. Y se marcharía. Y yo me tiraría cabina abajo. O del viaducto…

Ya estamos en la cola.

Ese mensaje de Nat me sonó mejor que I won’t complain en directo. Y es mucho decir. Benjamin Clementine hizo magia con dos manos y un piano. Las imágenes que había elegido para Lara empezaron a desfilar en el fondo del escenario, el tema acabó y ella giró sobre sí misma. Verle la cara me hizo darme cuenta de que había estado soñando hasta ese momento. Desperté a la vida. Jamás sentí la sangre correr por cada una de mis venas con aquella energía. Y luego se fue. Lara se largó de la sala con el concierto a la mitad y yo… corrí tras ella.

La encontré frente a la puerta, apoyada en la pared, calada de aquella lluvia que había decidido ser testigo de nuestro reencuentro.

—Hola —dije sin apenas voz—. Te estás empapando.

Precioso saludo. Bien empezaba. Tenía que dejar de temblar, joder.

Intercambiamos varias frases; por su parte recibí tensión, pero no rechazo. Aproveché la oportunidad que me dio para explicarme y me declaré, rodilla en charco, con la verdad más absoluta que tenía para darle: «Para mí no hay nadie más que tú, mi niña. Siempre vas a ser tú».

Y Lara aceptó. Sin más reproches, ni falsa dignidad, ni rencores. Su halo seguía siendo blanco. Y yo, de pronto, era el puto rey del mundo.

Le coloqué el anillo que le había guardado durante esos meses —era suyo, se lo habría dado aunque me hubiera rechazado— y la escala terminó. Y retomamos el vuelo. El piso de la calle Ibiza fue la primera nube. Ella lo convirtió en nuestra casa esa misma noche, cuando cruzó la puerta y sonrió a la foto del Golden Bridge.

—Así que has estado en San Francisco otra vez. Sin mí. No sé si perdonarte eso.

—También has estado. Te he llevado, te lo aseguro, pero volveremos.

Lara me deslumbró con sus ojos tricolores. Brillaron como nunca.

—Te creo.

Me acerqué a ella y la besé con ganas, fuerza y alma. Nos deshicimos en ese beso, en ese abrazo, de la ropa, del pasado… Y nos amamos. Con la boca seca de repartir «perdones» y «te quieros» y los ojos húmedos de nostalgia.

La añoranza, el echar de menos, nos acompañó a la cama. Y tardó en dejarnos solos en nuestra intimidad más solitaria. Tardamos semanas en querernos despacio, sin la necesidad de recuperar un tiempo que habíamos perdido, no razonando que lo habíamos ganado en fortaleza. Ahora éramos imbatibles, todo encajaba, habíamos equilibrado nuestras balanzas personales y sobre esa base no hay huracán que tumbe lo construido. Pero la intimidad no sabe de razones. El sexo es algo carnal, instintivo, primitivo, que puede desenjaular lo que uno no sabía que tenía retenido. Recuerdo bien los arañazos en mi espalda, los tirones en mi pelo, los mordiscos en mi boca… Llegué a pensar que Lara no me follaba, me castigaba. Pero no me quejé. Estaba en su derecho. Y hacerlo a lo bestia con la persona que más te excita tampoco es un castigo tan cruel. Continué ofreciéndole todo el amor que tenía para ella, mi apoyo, mi lealtad, mi vida entera. Le presenté a mis hermanas en una comida y a mis padres por Skype, le di a los suyos las explicaciones que les debía, me hice amigo de sus amigas, la convertí en coautora de cada decisión laboral o judicial que iba tomando… Me dediqué a transformar cada oportunidad que se me presentó en una prueba de mi compromiso hacia ella, hacia nosotros como pareja. Y a mediados de junio, le pedí que me recogiera en el trabajo y nos llevara a la sierra.

Solo pudimos pasar el fin de semana. Solo dos días, que bastaron para reencontrarnos, por fin, también en nuestra intimidad. Volvimos a hacer el amor en el sentido más amplio de la palabra. Hicimos nuestro el sentimiento y el movimiento. Solo ella y yo, y el infinito del cielo como límite.

Y volví a declararme, rodilla en tierra, en nuestro claro del monte, junto al arroyo. Y, a finales de septiembre, regresamos al camping para celebrar nuestra boda. No quisimos esperar más para jurar delante de los nuestros que nos queríamos más que a nada y que nuestro viaje sería para siempre. Hasta que la muerte nos separe. Y, lo mismo, ni eso.

—Larita, el desvío.

—Ya lo veo, Asier. No hace falta que vayas haciéndole los coros al GPS.

Aprovechó que la barrera de acceso estaba subida para entrar en el aparcamiento como si fuera Schumacher, aparcó con un trompo y yo me reí y le llamé «gamberra». Cómo empecé a meterle mano no lo recuerdo. Siempre que la toco me pasa: me descentro para todo menos para su cuerpo. Ella me propuso continuar en la que había sido mi cabaña y yo, que he nacido para verla sonreir, no pude hacer otra cosa que contestar:

—Tú pides, yo vuelo.

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