Cómo fue nuestra desastr(maravill)osa boda en Las Vegas

Oficialmente, mi pareja me pidió la mano hace once años en San Francisco, California. Paseábamos por Chinatown cuando se metió en una tienda, cambió cinco dólares por un anillo (de esos que te dejan el dedo verde a la media hora), dobló la rodilla y se me declaró. La vendedora asiática empezó a gritar y a aplaudir como una loca. Yo solo pude musitar un sí inaudible, porque la emoción me embargaba (y me estaba muriendo de vergüenza).

Tierra, trágame y escúpeme en el hotel YA, que tengo que devolverle a mi prometido la jugarreta.

Extraoficialmente, ya habíamos hablado del tema mucho antes. De hecho, fue uno de los motivos por los que hicimos aquel viaje a Estados Unidos.

Unos días más tarde, en Las Vegas, salimos temprano del hotel con el propósito de hacer turismo y buscar algún lugar bonito al que regresar por la noche para celebrar la boda. El caso es que la jornada se nos fue de las manos. La Strip está diseñada para embaucarte con su oferta de ocio, y nosotros somos los perfectos pardillos, que no suelen decir que no a nada. Gran parte de la mañana la perdimos en el Madame Tussauds del Venetian, donde a mi marido le pidieron un autógrafo al confundirlo con Will Wheaton (hay gente para todo) y yo me vestí de blanco para George Clooney (todavía no he sido denunciada por bigamia).

Sí, fui yo quien sacó del mercado de solteros al marido de la abogada.
Prometido cantando una jota con Gobernator.

Comimos en un Wendys del mall, que hay cerca del Trump, y seguimos gastando el día a lo tonto en el Riviera, el Circus Circus y en todas las tiendas de souvenirs que encontrábamos al paso.

Bien entrada la tarde, pateamos varias millas (y sudamos como condenados) hasta llegar al Marriage License Bureau del Condado de Clark. Sí tenéis intención de formalizar vuestro matrimonio allí, por favor, recordad que lo que sale en las pelis es mentira: no puedes casarte piripi a altas horas de la madrugada. La oficina del registro cierra a media noche, se niegan a atenderte si sospechan que tus facultades mentales están de fiesta y conseguir un oficiante (requisito imprescindible para obtener el certificado legal) después de las nueve de la noche puede ser una PESADILLA. No sé cuantas llamadas hizo la administrativa de la única capilla que encontramos abierta hasta que dio con Belinda Rhodes, nuestra reverenda. Alquilar un testigo fue más sencillo: Lorenzo merodeaba por los alrededores, creo que matando el tiempo (y la resaca), y, después de darle cien dólares, se hizo nuestro amigo. Por la urgencia, no tuvimos ocasión de cambiarnos de ropa. Nos plantamos delante del altar, adornado con flores de plástico (que llevaban allí, por lo menos, desde los noventa), ataviados con tales pintas que renunciamos a que nos fotografiaran. De la ceremonia no entendimos ni una décima parte (somos españolitos con nivel medio de inglés). Belinda tuvo que repetirnos un par de veces que era el turno de darnos el “yes, I do”. Bueno, el “yes, I do” lo pronuncié yo, mi marido se limitó a contestar “yes, yes” y a asentir con la cabeza como un descosido. Nos besamos, firmamos la licencia, nos hicimos un cutre-selfie en la puerta y paramos un taxi para volver al hotel. En la radio sonaba Pitbull, “I Know You Want Me”: nuestra marcha nupcial. 

Recién casados posando malamente frente a Little White Wedding Chapel.

Para que no bajara el tono de romanticismo máximo, cenamos en la suite una pizza de pepperoni, maridada con vino (barato) del valle de Napa. Las galas del banquete fueron sendos albornoces del Cesar Palace, que estuvimos tentados a mangar, pero no hubo manera de hacerles hueco en la maleta. Después, nos dispusimos a gozar de la noche de bodas con una gran orgía… de ronquidos (el cansancio también era máximo) y, a la mañana siguiente, dimos comienzo a nuestra luna de miel, cogiendo un avión con destino a Los Ángeles.

Al verme sentada entre un señor, que era el doble de Bud Spencer, y una señora, que encarnaba a la perfección el rol tópico de afroamericana (cada vez que gesticulaba al hablar, tenía que agacharme para no recibir un sopapo en la cara), miré a mi reciente marido, ubicado varias filas más atrás, y me entró la risa floja. Tales fueron mis carcajadas que, cuando se me acercó una azafata, pensé que iban a desalojarme del avión, pero no, resultó que la (bendita) auxiliar me propuso un cambio de asiento. Así, Agustín y yo nos acomodamos tan contentos en un lateral del avión, bien juntitos el uno al otro (y al cuarto de baño) y pedimos la carta, en la que sólo había bebidas. Por ello, nuestro primer almuerzo como marido y mujer fue un bote de cacahuetes tostados, que habíamos comprado en el duty free. Para rematar el asunto, el vuelo fue amenizado por las voces primorosas de Alvin y las ardillas. Todo un sueño. Y ahora no ironizo. Aunque pueda resultar extraño, no cambiaría ni un segundo de aquellos días, que para mí fueron perfectos porque los compartí con él: el amor de mi vida.

Primera foto de la luna de miel y de las pocas que tenemos medio decentes de nuestra desast(maravill)osa boda.


P.D.: Lo de iniciar la luna de miel en LA con cuarenta de fiebre, el acoso al que sometí a Kat Von D en el High Voltage Tattoo, el que recibió mi marido en el baño de un bar (chorra en mano) en Venice Beach y que nos tomaran por dos atracadores en Koreatown… ya os lo cuento otro día. 

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