¿Destino o casualidad?

¡Hola!

Muchas gracias por dedicarle un ratito al último post sobre “Solo Nosotros”, una historia en la que está muy presente la pregunta que encabeza estas líneas: ¿casualidad o destino?

En la entrada “El origen” ya te conté que empecé a escribir “Solo Nosotros” una noche tonta de 2014 con la única pretensión de llenar el vacío que me había dejado un libro maravilloso. Lo que no te conté es que ese libro fue “Persiguiendo a Silvia” de Elísabet Benavent.

Una vez terminada mi historia, varias personas me preguntaron qué iba a hacer con ella. “Nada” fue la respuesta, porque en mi cabeza no cabía que yo pudiera dar el salto hacia la publicación. El síndrome del escritor impostor, que es muy cabrito, me llevó a pensar que el texto no estaba bien redactado, que había intentado abarcar demasiados temas, personajes y escenarios, que todo esto de escribir me quedaba grande…, pero, como en la historia de Vega, el destino tuvo sus propios planes. O, quizá, fue la casualidad…

En 2015, cuando la historia ya descansaba en el cajón (del que creí que nunca saldría), tuve la suerte conocer en persona a Elísabet Benavent. También fue una noche, esta vez, bastante loca. Y divertidísima. Y mágica.

A la mañana siguiente, después de tomarme un ibuprofeno y varios litros de bebida isotónica, empecé a recordar flashes de esa (bendita) noche. Me vino a la cabeza la imagen de una calle adyacente a la Gran Vía; de mesa muy larga llena de vasos y rodeada de personas bonitas; de Elísabet y Oscar, su marido, riendo a carcajadas con las chorradas que les contábamos; de Hugo Silva, apareciendo de repente en dicha calle para ser ligeramente acosado por un grupo de mujeres exaltadas; de una caminata trastabillada hacia la calle Huertas; de la cara del portero de un pub cuando le dijimos que estábamos celebrando una despedida de soltera; de la de Elísabet (“la novia”) mientras miraba con recelo unos chupitos de tequila que salieron de una botella etiquetada con una calavera; de un mensaje que escribí a mi marido para decirle que Beta Coqueta me había dado su email para que le enviara el manuscrito de “Agua” (la primera parte de “Solo nosotros”).

Al tomar conciencia de esto último, mi dolor de cabeza matutino empeoró. Elísabet Benavent, la escritora culpable de que yo empezara a darle a la tecla… iba a leerme. Como ella diría: “mátame, camión”.

A punto estuve de hacerme la sueca, borrar su contacto y, ya que estaba, todas mis redes sociales, por si me buscaba. Me parecía un despropósito pasarle algo tan malo, pero, se lo terminé enviando (harta de recibir coacciones de mi entorno más cercano). Cuál fue mi sorpresa al entrar un día en Twitter y descubrir este mensaje:

Mensaje de Eli

Tardé una barbaridad en redactar esas dos líneas. Después, le di a enviar y me eché a llorar. Un rato largo. Es más, mientras escribo esto y revivo el momento, la congoja me está arañando la garganta. “Brillante”, “vuelco al estómago”, “enhorabuena”. Buena hora fue en la que decidí enviarle el manuscrito. Una de las mejores de mi vida.

No creo que Elísabet llegue a ser consciente de lo mucho que hizo por mí con aquel mensaje (y con otro mail que guardo como oro en paño). Su amabilísima opinión me infundió tanta fe que me puse a escribir como una loca.

En dos meses conseguí terminar “El verano que aprendimos a volar” y, entonces, sí me creí que merecía la pena intentar dar el salto. Y lo di gracias a la editorial Pàmies, la misma que, después de publicarme la serie «Siempre Madrid», me preguntó:

—¿Qué vas a hacer con el manuscrito que tienes en el cajón?

—Nada. Esa historia no está para publicar.

—Pásanosla sin compromiso. Si no merece la pena, te lo diremos.

Apenas unas semanas después me llamaron para averiguar cómo había tenido la desfachatez de esconder durante tantos años la historia de Vega y de John. Literalmente me dijeron “es lo mejor que hemos leído en mucho tiempo”. Y otra vez me tocó llorar, porque sí, yo sentía que esa historia era especial, pero, al igual que pasa con Vega, el miedo puede llegar a ser más grande que las señales, las opiniones positivas o las (benditas) casualidades.

El miedo ha sido más fuerte que yo durante seis años. Por eso, hoy, me alegra tanto contarte que he conseguido vencerlo. Vega y John ya están listos para ver la luz: el  destino que siempre han merecido.

 

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